I

No eran nubes que estuvieran de paso y ya está

Se habían instalado en el valle,

Habían descendido por cada uno de sus flancos,

Rodando por las laderas sembradas de bosques ávidos del agua que ahora los riega.

En efecto, aquellas nubes se quedaron a pasar la tarde,

Desplegando un manto intermitente de lluvia,

-Ora gruesa, ora fina- como un ancla,

Y recogieron las velas, y unas se quedaron pegadas en la distancia

A los pueblos que en la mañana divisaba,

Y otras hicieron del cielo un capote

y dibujaron lentísimos gestos para distraer las ánimas

y la comunidad de insectos retuvo por un instante sus ansias

y a uno ya no le quedaban excusas:

si no lograba la calma,

si aún tosía el humo de los coches y traqueteaba como máquinas,

si el horizonte no estaba suficientemente lejos

y el corazón le latía con fuerza y sin gusto, entonces…

entonces uno debía olvidar la vista,

saber que el paisaje del todo es el paisaje de uno

y que es la entraña una lentilla y el pasado una legaña

y el futuro un velo de maia, y ahora más que nunca,

aquí escuchar a los cerdos chillar de vergüenza,

desde el mismo sofá, verlos desplomarse sobre su sangre en su pocilga,

siendo por fin lo que se espera de ellos, carne muerta, y de vuelta,

mirar el valle de nubes y la lluvia ahora fina

y sin excusas ni razones adentrarse en la única calma,

antes de que el sol gobierne las sombras


II

Han regresado las golondrinas,

se han paseado un rato por los porches de la masía y el granero,

repartidas entre el juego y la comida.

Entonces, la tierra y no el cielo ha anunciado la lluvia;

Ha comenzado cerca del sótano,

y en rodales se ha ido extendiendo y cogiendo ritmo,

y las golondrinas se han marchado y ha aparecido un conejo

con un pelaje gris y unos ojos grandes, muy redondos;

comía y se movía en intervalos cortos,

moviendo la cabeza como un pájaro cuando camina.

Quería escribirle, pero sabía que si me movía se espantaría.

Mi amigo ha despertado y el conejo ha orientado sus orejas de este lado,

hacia el bostezo de este.

Finalmente, me he balanceado hacia el cuaderno y el conejo ha huido

Con una falsa prisa, muy consciente de que nadie podía apresarlo.

Y la lluvia se ha animado y solo han quedado las vacas,

Haciendo sonar sus cencerros lejanos.



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