Cada ventana ordena el mundo como un aforismo; ambas cosas son tal vez los más bellos reduccionismos.

Te habrás fijado, amigo, que tu ventana está hecha de tres capas: una primera frontera de teja y ladrillo, con un grato contraste y un fuerte simbolismo; tras ella, la hilera de árboles pelados, que como niños juegan desnudos en el frío; encima, pero también detrás y entre resquicios, está el cielo, monocromo inagotable, mediocridad insondable, un cielo magnífico.

Estos tres paisajes se alinean con una simetría perfecta de ligeras asimetrías, y se mueven magistralmente para parecer que están quietos. Amigo, la quietud solo es concebida para el ser que no es inerte, y la quietud de esos paisajes confiere a tu ventana un delicado espíritu. Ya que hablamos de espíritu, hablemos de cosmogonías; todos quieren hablar de cosmogonías, ¿verdad?, por eso acostumbramos a generalizar ¿verdad?, pero la mayoría se queda en las consecuencias y olvida las causas, las causas de tu ventana, eso nos interesa ¿verdad? Verás que en la cosmogonía de tu ventanal Dios es humo; el humo de las chimeneas es de un blanco roto y sucio como el cielo, y también su textura es de esponja como el cielo; el humo penetra en el marco de la ventana, muy lento, dejándose ver en el contraste con el ladrillo o con el escaso verde de los árboles que son niños jugando sin su abrigo, ¿verdad? Sin estos contrastes, la ventana no tendría identidad, sería una ventana con sentido, pero sin identidad, sería una simple ventana, la ventana que todos conocemos y no interrogamos, la ventana que todos atravesamos con la mirada y en la que nunca reparamos; tu ventana, amigo, dejaría de ser lo que es, un pintor incomprendido, un afamado detective, la esfera desde la que emerge esa ciudad en la que vives; sería ya nada más que un tragaluz inusual, amigo, un atragantado respiradero de rutinas de salón. Si algo tiene tu ciudad es un buen cielo; si algo tiene tu casa es un buen vidrio; tú, por suerte tienes más que eso, pero también eso ¿verdad?

Tu amigo



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