Las gaviotas que surcan el cielo de la ciudad, juegan a ser el sol de los días grises, confundidos destellos de luz sobre las nubes; el ritmo desangelado de la urbe; la organización baldía de las calles; la autarquía de los barrios pobres; la anarquía de las viejas autoconstrucciones; la podrida estructura de las zonas bien estantes, que no entienden jamás que sus deseos se tuercen como el puñal que en un giro de muñeca convierte su empuñadora en punta; las casas ruinosas de la falange, hoy tan lujosas, con sus fachadas humildes que no se dan sombra, que no secuestran el horizonte tras sus calles; los parques marrones, de pinos y matorrales, sobre todo los parques que no son parque, que son montaña sin pavimento, sin pasamanos ni asientos, que si te caes te caes, que recuerdan muy de lejos a un campo muy lejos de allí; el salitre en las paredes de Varadero, desde el viejo puerto hasta los arcos de la plaza mayor, allá donde no alcanzó la última fiebre del oro, donde no manaba el zumo de los sedientos muertos de espíritu; la humedad y el polvo, coaligados con el tráfico, dibujando su particular horror vacui; el rincón del solitario, entraña oculta del lugar del megalómano, como si uno no pudiera ser sin el otro, el descanso ante el acoso agorafóbico, espalda de espigón, túnel bajo circunvalación, bosque periurbano que no quiere ser jardín y se rebela ante su fin utilitario; las dársena ruidosas y prohibidas y nocturnas; las terrazas que nadie visita; los animales que bajan a beber de las ramblas y ven su reflejo en la corriente, y creen ver a otro y no entienden, no conciben el espejo más que para peinarse, lavarse los dientes, untarse sus ungüentos, disfrazarse o hacer el amor, y no es hasta que vuelven a la noche, cuando se miran al espejo y se observan los dientes u ocasionalmente los pechos, el sexo, las ojeras bien marcadas los viernes, no antes de entonces, que se reconocen y lo hacen identificándose con aquello que no son; y el color favorito de los edificios es el marrón, el marrón quemado del ladrillo visto; y los balcones han de ser blancos o negros, de piedra o de hierro; y las antenas han de pretender ser altas, más altas, como si cansadas de ellas mismas necesitaran un pedazo de mar a la vista; y los perros dan envidia cuando se los ve montar una fiesta con una esquina o un triste pedazo de tierra donde a lo mejor pasa un insecto, y dan pena, más que los gatos que evitan todo umbral, que las plantas con hogar sin inquilino, dan pena esos perros cuando aúllan al ojo de los patios y no recuerdan dónde aullaron, dónde aullaba el antepasado; y todo ocurre de espaldas a su principal artífice, que vive con culpa u orgullo el devenir de la estirpe, y se ve incapaz de detener el bucle, por eso la ciudad vive, aunque no para eso.

Había vuelto.

Y era uno más.

Otro ser anónimo.



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