Al salir del túnel, miro la ciudad y nos veo rotos. La ciudad es un cofre de juguetes rotos, un collage de plegarias mal pronunciadas, y estamos asustados; hay una suerte de naturaleza última que todo ser humano alcanza a ver y no olvida, cuando el ciborg toma conciencia de ser algo más que hojalata -pero solo ve hojalata- y se percata de su destino; vivimos bajo el síndrome del miembro fantasma, desconectados de la matriz del nosotros, hundidos, cada vez más hundidos en ese yo irrisorio. Tal vez por ello, los coches suben a las rondas para correr unos detrás de otros; es claro que juegan a seguirse, desean acercarse, fundirse, evitando estrellarse. Vuelvo sobre mis pasos, por el túnel bajo la autovía. Los dos niños chinos continúan pasándose el balón. Hay piezas de todos los colores en cada ángulo del cilíndrico túnel. Alcanzo la mitad del paso, el mendigo de color no se ha movido ni un palmo desde que pasara hace un rato. Está tumbado sobre el asfalto frío; lleva tanto tiempo allí que las hojas se amontonan a su vera. Con ellas y unos periódicos se fabrica su morada; es así, hojas secas y periódicos para hacerse un lugar. Le miro y le sonrío por inercia, no como a la mayoría; una sonrisa compasiva, una pequeña muestra de aprecio para contrarrestar su ruina, o quizás es que los débiles causan simpatía, como el perro inofensivo y fiel, como el que despierta tus virtudes por pura sordidez; a su destierro ahora el hombre ha de sumar otra personita juzgando y opinando, aunque sea en silencio: Débil, débil…Dejo la escena por fin. La compasión prepotente puede doler más que el desprecio. La empatía despierta en mí se hace pena y luego calma, la pena y la calma del que está quitado de en medio. Puedo oír los gritos del comentarista del partido que se juega encima, a escasos metros del túnel. Vienen de un colegio con aspecto de castillo. Yo no tuve comentaristas en mis partidos de chico, tampoco los chinos o el mendigo. No parece preocuparles, seguramente jamás contaron con ello y ahora sencillamente lo oyen, pero no entienden que exista. Salir del túnel no es salir a la luz. El paseo está repleto de perros desfilando por la margen del césped. Me asusto con la entrada de una abuela en silla de ruedas en la periferia de mi campo visual. Si me detengo las hojas secas atinan a golpearme en la cara. Se siente como una toma de conciencia, como agua en fría en la cara a la mañana. Saltaría sobre el asfalto si pudiera bañarme en él, si no quemase. No sé muy bien qué me incita a sumergirme en él, pero estoy seguro que me bañaría si pudiera quedarme fuera a la vez, contemplándome desde la acera. Lo haría hoy, y tal vez algún otro día, pero una vida así sería demasiado gris; contemplar cómo yo me hundo en el asfalto y yo me miro y yo busco ramas y hojitas para evitar que me vean y yo paseo y me alejo y vuelvo para recordar que sigo allí, sería demasiado gris. Una moto pasa con un gordo barbudo escupiendo. Giro la cabeza siguiendo la trayectoria del gapo, lo veo caer sobre el lugar en que pensé bañarme. Los coches pasan en frecuencias cortas, como las olas en un mar enojado.



Gracias por registrarte en mi blog!

Recibirás un correo de confirmación.