Se siente uno tan dichoso al ver el metro llegar con los vagones vacíos; si acaso una pareja al fondo, como una metáfora o un espejismo.

Cruzando el puente de la autovía, entrando en la ciudad, viene un rápido olor a hogar, a carne con ajillos y el sonido de fondo de una tele que nadie quiere encendida, pero es tan triste la casa sin ruido, es tan humillante su silencio de muebles viejos. ¿De quién es esta casa? No es mía. Tal vez de alguna persona-recuerdo o de algún recuerdo de persona. Si lo pienso, esta persona ya me está mirando y en su ojos hay un anhelo cristalino de vida. Esta persona está muerta. Como una proyección del subconsciente, un paquete de Lucky Strike se descubre bajo la fila de asientos del vagón: “Fumar mata”.

Alguien toca el timbre de un diminuto patín de ruedas rosas. Parecía hacerlo en broma, pero no cesa y es muy molesto, muy poco gracioso.

Hay veces que solo los parques infantiles salvan a la ciudad de su dolor de muelas; solo las ratas, al caminar sobre las vías, limpian de impurezas su molino de tartán.

Tirar la basura del bar es un acto delicado, lleno de posibles eufemismos: el cigarro, en la punta de los dedos que conducen la bolsa, acaricia el tópico con su mano más áspera, la del hombre que lo fuma y dice “soy yo quien elije”.

El autobús pasa, acercando todo lo verosímil: podría cogerlo porque pasa, pero no lo haré, porque no me lleva. Es tan estúpido el autobús. Los luminosos, en contra, nos evitan caer en el chantaje de la cuesta abajo. La calle tiene aún baldosas sin pisar, raíles que sabotear. El bar que hace esquina se recoge, no puede retener por más tiempo a su joven propietario chino; dentro, la cocina está lista, los fogones limpios, y el paquistaní puede gastar un par de segundos en perder la mirada; los fosforitos ya se retiran, bromean como un ejército de jóvenes limpia botas. En ese fugaz intervalo, la calle puede por fin abrazar su porquería. La danza de las servilletas comienza. A escasos centímetros del suelo, entre las mesas encadenadas del bar, servilletas nacidas aquel día se esquivan y de-construyen, y lo hacen mostrando pliegues, arrugas, manchas que nadie habría acertado a copiar. Nadie tiene tanta vida como ellas, ni ahora ni en unas horas; le costará al menos mediodía a la ciudad arreglar coreografías tantas bellas.



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