Por fin llego a Elitis.

No me pienses mal, lo trascendental pesa y, cuando no hunde, cala, quiero decir que se ha de estar dispuesto… y la poesía trasciende fácilmente, ¿acaso no es eso la poesía? trascender lo corriente, crear recreándose. Me encanta tu modo de recrearte, aquella noche, por ejemplo, en que venía yo estresado y me dijiste de correr, y corrimos la manzana. Já. En ocasiones, me sorprendo cansado; la libertad fatiga, por eso te hablo de confianza. Tú dices, “yo no tengo tu confianza”, y es curioso porque yo pienso, “me está enseñando a confiar”. Me gusta que te gusten los zapatos; un colega escribió una vez, “mi patria son mis zapatos”, y es así de sencillo: un barco, unos zapatos, viajar en bici, llevar un saco, quemar la ropa, bailar desnudos/bailar en bici, quemar el saco, flotar en zapatos. Hoy escuchaba a Cortázar, son tan bonitos sus textos en voz. En uno de ellos, improvisando, hay un momento en que dice algo así como “tú y yo no compartimos espacio ni tiempo, y sin embargo aquí estamos, la poesía contradice toda ley…” Parecía que me lo decía sentado en el sofá de al lado, frivolizaba incluso detallando la escena; se equivocaba, pero se sentía cerca. Supongo que me entiendes: tú y yo compartimos tiempo -creo, quién sabe-, pero no espacio, sin embargo te siento; tal vez tú me sentías ayer, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, frotando la melena contra el colchón y abriendo los ojos súbitamente, como esperando encontrarme, pero sin absoluta conciencia de buscarme. Tal vez… se siente bien jugar ahora, no deja cancha al dramatismo, por mucho que nos guste como sentimiento humano incontrolado y brillante. Ah! La vida se ha vuelto un aprendizaje cada vez más acelerado, estamos atentos a todo lo que nos rodea y sucede de manera constante -y no exclusivamente a ese ethos nuestro-, atentos a los devaneos incesantes de una realidad que nos premia y apremia con esta búsqueda incesante, y es una búsqueda alegre en lugar de tediosa, como ha podido parecer en otras ocasiones.

Continúo leyendo Los pequeños Épsilon, de Elitis. El viento aprieta y me trae un vago recuerdo a tu olor. Oigo un ruido repetitivo, como un rechinar de muelles, como si alguien hiciera el amor frenéticamente, y es el extractor del ventilador en el balcón del piso de enfrente. Elitis me insiste en la Poesía y el viento en el miedo; él seguramente es el culpable del ruido proveniente del pasillo, pero aún con eso me acongoja y me encuentro detenido en la esquina del ventanal, esperando a que asome alguna sombra, entonces recobro el sentido y pienso, maldito cuerpo, y río y repienso, bendito cuerpo; sí… algo así como lo ocurrido contigo en el peor de los casos.

“De la misma manera en que a veces una palabra (no necesariamente bonita o rara) se vuelve el pretexto para crear todo un verso, de tal modo que esa palabra pueda encontrar su lugar preciso y resplandezca, ese verso, a su vez, por la misma razón, se vuelve a veces pretexto para crear todo un poema, cuyo contenido, si nació de dos o tres sílabas humildes, como sentido está tan alejado de ellas como un hombre completo del placer de un instante, que se volvió la razón de que existiera.”




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