No está todo perdido…

Suele ocurrir, y más ahora que tengo el presente tan fresco y maleable, y especialmente cuando en este se cruza el recuerdo de aquellas vidas, que me veo invadido por una terrible dicotomía: vivir o escribir.

Pero peor que el dilema es el paradigma. Pienso, aquellos escritores fueron quienes fueron siempre a raíz de su pena. Poetas y escritores malditos, simbolistas, surrealistas y existencialistas, todos ellos escribieron la tragedia de sus vidas. De manera camuflada o autobiográfica, bebieron de su pena hasta quedar satisfechos. ¿Y acaso no les valió esa pena? hasta la obra de autores como Poe -que murió solo, en el callejón de un bar, en una ciudad extraña, y fue durante días confundido con un mendigo-, compensa el habitual nudo y desenlace trágico.

Cuando dejar de escribir se siente mal nutrir el alma, la dicotomía vivir-escribir puede resultar violenta. Pero no está todo perdido. La verdadera raíz de tan profusa y bella literatura no es en realidad la pena. La humanidad ha sobrevivido siempre a sus periodos colmándose de insatisfacción y angustia, no es raro que a algunos les ahogue la pena. Pero esta es solo una consecuencia, la causa se encuentra en la sensibilidad. La sensibilidad puede hacer que cualquier detalle devenga en poesía. Hechos buenos y malos son materia igual de válida. Finalmente, lo que acaba decidiendo es el hábito. Así como se predispone un comportamiento bondadoso o receloso, el hábito, mental en este caso, puede conducir a escribir de la belleza o de la angustia, del amor o la soledad, de la liberación o la huida.

En mi caso, decidí que, más allá de qué decida, siempre decidiría consciente. Las pasiones humanas son un bonito juego, y si uno juega se ensucia.




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