Vamos camino del paseo del río, mi yayo detrás, junto a mi tía, y yo con mis dos primas, de 8 y 10 años. Ellas corren alocadas, envidio su vitalidad, la tarde me aburre, el paseo al que vamos se me repite, esta misma escena se me repite. He escogido acompañarles, no es justo contagiarles mi desgana, pienso cómo deshacerme de ella, corro con las niñas, me detengo.

– ¿Por qué el cielo es verde? – Pregunto con picardía.
– El cielo no es verde – responde la mayor ofendida.
– ¿Por qué el cielo es verde? – repito, esta vez guiñando el ojo.
– Ah ¡yo lo sé, yo lo sé! –responde la menor pegando saltos de alegría.
– ¿Por qué?
– ¡Porque las hojas de los árboles caen hacia arriba!
– Y entonces, ¿qué pasa cuando llueve? –pregunto sorprendido.

La mayor comprende el juego.

– Que crecen árboles – dice.

Satisfecho, emprendo un nuevo juego. Hay una bandera hondeando en la rotonda –cómo no.

– ¿Qué come una bandera?
– Pues dependerá del país – responde la mayor –. Por ejemplo, la española come cosas amarillas y rojas.
– ¿Y la italiana?
– ¿Cómo es la italiana? – pregunta la pequeña.
– Verde…
– ¡Pues ensalada!
– ¿Y de qué color es una bandera sin país?
– ¿Cómo sin país? –pregunta la menor inquisitiva.
– No hay banderas sin país – responde categórica la mayor.
– Ah sí, ¡ya lo sé! –exclama la menor entusiasmada.
– A ver, a ver ¿de qué color es una bandera sin país?
– ¡¡Negra!!




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