Confieso que aquella ciudad tenía su encanto,
seguro muy amagado, pero igual guardaba algo.
Era un descanso salir a pasear y que hiciera aquel frío,
que no hubiera un solo rincón bonito,
no más que piedra sobre asfalto
y pedazos de verde rutilando en torno a canales sombríos,
algunos estancos.
Recuerdo cuando llovía tan tenuemente que solo se advertía al liar los cigarros,
que pronto se atascaban.
Aquel gris invitaba a fumar.
Me parecía viajar a otro mundo, a otro tiempo,
no quiero decir al pasado o a otro ambiente,
realmente pisaba otro planeta cuando me alejaba de las calles transitadas
y los barrios aledaños a la universidad.
Sí…
Qué soledad más confortable ofrecía aquella ciudad.
El frío sabía distinto,
el gris albergaba sus propios grises.
La música reverberaba quizás en otras cavidades.
Mi patio era poco más que maleza
y un rodal para la tierra y otro para la hierba salvaje.
Por la noche, me acogí a la costumbre de sentarme en el escaso porche y fumar.
Nada cuanto había allí gozaba del más mínimo advenimiento,
parecía que nada fuera a suceder jamás.
Cualquier detalle resultaba de interés.
Otras veces, remontaba la calle hacia Selly Park.
Al margen de un pequeño parque infantil
y unas porterías, inusitadas la mayor parte del año,
el parque no era más que un tremendo habitáculo
de gigantescos árboles y puro césped,
sin farolas, apenumbrado para evitar
que fuera visitado de noche.
Aquellos árboles acurrucaron mi pena,
encajaron los gritos,
fue allí donde despedí mi estancia,
en un amanecer próximo a Julio, aún muy de madrugada.
Fue allí donde dejé unas escamas preciosas,
pues no podía caminar de cómo pesaban.




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