París.
El metro es hermoso.
Entramos en el vagón; el interior no corresponde la belleza de la estación. Algunos se sientan, un compañero y yo nos quedamos de pie.
Miramos a una muchacha que recae sensiblemente sobre el cristal de su asiento. Tiene una linda cara que alza casi al instante, proyectando una mirada punzante. Ya solo quedo yo mirándola. Ella también me mira. Y así permanecemos, con la mirada sostenida sobre gente ausente. Nadie se percata.
– ¿Qué? -pregunta al rato, entre molesta e intrigada.
Sorpresa, la chica es española y no francesa. Aquello da pie a una conversación, pero no respondo, continuo mirándola. Me replica con un largo silencio. Es, rápidamente, cómplice del juego.
En medio del vagón, junto a la barra que sujeta a la masa desvalida de las horas puntas, se observan dos dados danzar. El corazón, ansioso de unos céntimos, repite el número del bombo y platillo; luego pasará la gorra. El tren desciende en su recorrido espacio temporal y sus luces parpadean al tomar las curvas. Algunos pasajeros abren el paraguas cuando intuyen pasamos bajo el Sena. La verdad es que se nota.
Nuestras miradas siguen sujetas. Sospecho que el hilo que las mantiene firmes es fino y evito pestañear. Hemos recorrido así más paradas de las que uno podría imaginar cuando se agarra a una mirada. Entonces, el resto de compañeros comienzan el famoso ritual que precede al trasbordo. El que se mantiene de pie junto a mí arregla el abrigo, plegado en el antebrazo, en un gesto sabidamente inútil. Otro golpea tres veces en el hombro de su amigo, que detiene el beatbox y gira la cabeza para encontrar el panel de paradas. Por efecto, el que rapeaba cesa, y todos se levantan.
El tren desciende la velocidad de obturación y el espacio se alarga. La puerta se convierte en un mero punto de fuga y yo he de luchar para no alejarme del objeto de la foto.
– Empate – le digo, y con la mirada aun firme le extiendo la mano sosteniendo mi billete de metro. Tienes que darme el tuyo – le explico.




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